Hoy me extraño en ti

“que allí donde no estés iré a buscarte”

No nos queda otra, si queremos encontrarnos tenemos que buscarnos en aquellos lugares en que no estuvimos pero que, precisamente por ello, nos hacen ser lo que somos. Al igual que Nicanor Parra recibió el premio Cervantes por el libro que está por escribir, nosotros encontraremos lo que somos en lo por venir pero que escribe su historia con palabras de lo sido.

No somos pocos los que buscamos lo que somos en lo otro de nosotros mismos, los que buscamos nuestras raíces en aquello que nos desarraiga. Hölderlin lo sabía muy bien: no es posible una vuelta al origen, porque éste se halla, ya de siempre, desplazado. No es posible tampoco el futuro pues éste está siempre por venir. En definitiva, no hay hogar.

No nos queda nada más que una vida de errancia, de destierro, de extrañamiento, de exilio voluntario que nos lleve al lugar de donde no somos pero del que fuimos ya de siempre.

Allí vemos caras que no vimos nunca pero en las que nos reconocemos. Repetimos gestos que no son nuestros pero que ahora nos pertenecen. Palabras que jamás oímos y que ahora son nuestro vocabulario. Allí visité calles que nunca transité y que eran mi casa.

Todo eso es lo que somos. Huellas de pasos que no dimos, cicatrices de heridas que nunca sufrimos, gritos de madres en la plaza que no son las nuestras, amor por algo que nunca fue. Hoy sólo puedo ser extrañándome en ti.

P.D. Sirva de bienvenida por una lejanía que es cada vez más cercana.

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Regálame un abrazo

Hay pocos gestos que nos caractericen como humanos. De entre éstos, yo destacaría uno por encima de los demás: abrazar.

Abrazar es un gesto que nos hace constitutivamente hombres, somos, nos sentimos hombres cuando somos recogidos en el abrazo del otro, cuando estrechamos el cuerpo del otro, cuando nos fundimos con el cuerpo del otro. En un momento nuestros cuerpos se confunden, se co-funden, somos nosotros únicamente en el encuentro con el otro.

La distancia deja de existir, la proximidad es total, el titubeo, la emoción, la vergüenza, el miedo, la tristeza…en una palabra, el sentimiento, deja paso al ceñirse de nuestros brazos en su cuerpo. Nuestros brazos cercan su cuerpo y nuestras manos palpan su mapa físico descubriendo toda su orografía.

El sentimiento es compartido, el gesto lo delata, no hay ni trampa ni cartón, estamos en sus manos, no podemos escapar de sus brazos, la búsqueda de un afecto compartido es común. Un abrazo no engaña, para bien o para mal, es un darse sin resto, no escatimamos ni en fuerza ni en duración, lo damos todo, y así nos pasa que después del abrazo somos otro, la catarsis está servida.

Pero hay algo peculiar y propio del abrazo, es el silencio. En el abrazo no hay palabras, en el abrazo uno se queda mudo, en un abrazo sobran las palabras, en el abrazo se tiene más que palabras. Pero esto no nos tiene que sorprender, con un abrazo se dice todo, queda todo dicho, no hay nada más que decir.

Hoy me quedo sin palabras, hoy sólo quiero abrazarte.

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Astillas para el fuego

Ayer quise escribir esta entrada, pero hoy es ya demasiado pronto. Cuando queremos escribir algo siempre  es demasiado tarde, llegamos como a redrotiempo, nos pilla como a pie cambiado, es como si nunca estuviéramos preparado para ello. Como nos recuerda le pauvre Holterling: Aber Freund! wir kommen zu spät (¡Pero amigo! hemos venido demasiado tarde).
El acto de escribir no es nada más que el acto de buscarnos a nosotros mismos a la vez que es el acto mismo de encontrarnos como ausencia. El escribir, en tanto en cuanto, acto constitutivo del propio ser humano nos muestra nuestra propia esencia: ser que estamos por escribir. No somos nada más que narracion, relato en busca de eso mismo que aún no sabemos que somos, en busca de esa falta que nos hace ser, precisamente, lo que somos. El escribir no muestra sino esa eterna falta que es constitutiva del ser humano. No podemos considerarnos nada más, y nada menos, que seres caracterizados por lo que nos falta.
No han sido pocos los biólogos y antropólogos que han caracterizado al ser humano como un ser carencial desde un punto de vista biológico. Yo, a esta carencia biológica, le añadiría una falta más constitutiva, más ontológica, que nos hace ser precisamente lo que somos. Como nos recuerda Horacio en una de sus odas: “Del mismo modo que es difícil encontrar un pez sin espinas, así es difícil encontrar un hombre que no tenga en sí algún dolor clavado como una espina”.
Esta falta es desde la falta de un Dios, a la falta que se produce en el duelo (vivimos la muerte de los demás), hasta la falta del ser amado. Nos dice el propio Antonio Machado:
“En el corazón tenía
La espina de una pasión;
Logré arrancármela un día:
Ya no siento el corazón”.
Pero hay que tener en cuenta que esta falta no es olvido ni ausencia sino que necesariamente debemos echarlos en falta. Hoy yo te echo en falta, hoy eres mi falta, hoy soy yo.
P.D. Todos estamos con el Cuerno de África, y también contigo.
P.D. II. Para Vicky y su espinita que lleva clavada.
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Habitar en lo inhospito

Es época de monzones en la latitud donde se encuentra mi isla y he tenido que buscar un lugar más calido y seguro en el que asentarme y construir mi nueva casa. He buscado en varias zonas de la isla y he encontrado el sitio seguro y el remanso de paz que buscaba. Y allí he construido un castillo de arena en primera línea de playa, alejado de toda especulación inmobiliaria y contra la ley de protección de playas y regulación urbanística.

Siempre me ha fascinado, me ha atraído pensar sobre el concepto de casa, de hogar, de habitar. Siempre he concebido al hombre como un ser arrojado al mundo (Heidegger dixit), el cual tiene que mantener, edificar una barrera, una diferenciación, una separación, un límite con la naturaleza. Vivimos fuera de nuestra propia naturaleza, nos sentimos extraños, extranjeros en nuestra propia tierra y que, por tanto, vivimos a la contra de una naturaleza que precisamente se nos presenta como tal únicamente en el acto mismo que edificamos sobre ella, y que nos hace ser nosotros cuando utilizamos esos mismos materiales naturales de construcción creyendo que nos hurtamos de ella cuando en verdad lo que hacemos es vivir en y por ella.

Vivimos, habitamos ya dentro de la propia negrura, de la propia espesura, de la propia opacidad de la naturaleza, de la tierra. Aquello mismo que nos tiene que salvar, es lo mismo que nos mata. Eso mismo que nos mata es, precisamente, lo que nos hace hombres. Otra vez resuenan aquellas palabras de Heidegger: somos un estar-a-la-muerte (Sein zum Tode).

La propia finitud del hombre trasparece en los propios materiales de construcción. Y es en esa finitud donde nos encontramos, donde nos sentimos como en casa.

P.D. Todos estamos con el Cuerno de África, y también contigo.

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Caminos que dan al mar

No hay mejor manera de encontrarte con los demás y consigo mismo que paseando solo. Hoy, como todos los días que llevo en mi isla, lo hago. Salgo a dar un paseo enfundado con mis botas, el chubasquero y mi gorra.

Cojo el primer sendero que encuentro y encamino mis pasos hacia ningún lugar. El destino no es lo importante, no me espera nadie, lo importante es el trayecto, ahí me esperan todos.

Pasear solo, es pasear por tu interior, es un recogimiento espiritual, un hallarte contigo mismo, un apartarte del mundo en la unión más íntima con él. Como dice Schelling: “Esta intuición intelectual se produce en cuanto dejamos de ser objeto para nosotros mismos y el que contempla se identifica con lo contemplado. En ese momento de la intuición el tiempo y la duración desaparecen para nosotros; ya no estamos en el tiempo, sino que el tiempo, aún más, no el tiempo, sino la pura y absoluta eternidad se halla en nosotros. No somos nosotros quienes nos perdemos en la contemplación del mundo objetivo, sino que el mundo se pierde en nuestra contemplación.”

Cuando paseo, paseo conmigo mismo, pero también paseo contigo: con mis libros y sus lecturas; con los que me leen y los que no me leen; con mis recuerdos y con los que no me recuerdan; con mi memoria y los que olvidan; con mis palabras y tus silencios; con mi salud y tus dolores; con mis abrazos y tus besos.

Hoy vuelvo a pasear solo. Hoy paseo contigo.

P.D. Todos estamos con el Cuerno de África, y también contigo.

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A vista de pájaro

Desde la atalaya de mi isla no puedo dejar de ver, de una manera perpleja, lo que nos está sucediendo y sólo me cabe, como nos sugerían aquellas bellas palabras de Spinoza, no reír, no lamentar y no detestar, sólo comprender.

Eso que ahora mismo nos sucede, no es, ni más ni menos, que todo el proceso que conlleva unas elecciones generales, y la imagen que me evoca es la de la “Antígona” de Sófocles.

Estamos viviendo una época en la que podemos encontrar, sin miedo a equivocarme, un isomorfismo, una semejanza entre los personajes de esta tragedia y los “actores” de estas elecciones generales y de nuestra sociedad. Únicamente, por pudor, sólo nombraré los personajes de la tragedia, que cada cual haga su paralelismo.

Nos encontramos en el momento de la tragedia en el que al gobernante muerto, Polinices, se le es negado el sagrado acto de enterramiento, así, su cuerpo, a la intemperie, será un tesoro para las aves rapaces y los animales de carroña. Se le niega, por tanto, su descanso y este hecho es presentado como ejemplo de escarnio público. Su alma vagará eternamente por la tierra.

Aquel mismo que decreta esta nueva ley es el nuevo gobernante de Tebas, Creonte, asumiendo toda la responsabilidad, aunque esta nueva ley no sea popular y, por tanto, desoiga a su mismo pueblo. Pueblo que toma voz por su propio hijo, Hemón, que hace de vocero de ellos. Creonte decide mantener su sentencia de no enterrar a Polinices por encima de cualquier valor (religioso o político).

Es un guardián el que descubre que Polinices ha sido enterrado y el que entrega al propio Creonte al “culpable”: Antígona. Es ella, una mujer, hermana de Polinices y prometida de Hemón, la que cree que hay leyes que están por encima de los hombres, leyes inmutables que las manos del hombre no pueden borrar. Dar sepultura a su hermano está por encima de cualquier decisión humana por muy inmundos que hayan sido sus actos. Ni siquiera su hermana, Ismene, accedió a ayudar a Antígona a enterrar a su hermano. Es Tiresias, el ciego, el adivino, el que media, el que intercede y hace ver a Creonte que su decisión ha sido equivocada, pero para entonces ya es demasiado tarde: Antígona, sepultada en vida, se ha quitado la vida; su hijo Hemón también se quita la suya ante la intransigencia de su padre; incluso la mujer de Creonte también se suicida.

Así es como un ciego es el que nos hace ver y comprender que no se gobierna para uno mismo sino que se gobierna para los demás, los intereses propios se tienen que convertir en intereses comunes, que la voz del pueblo, del ágora, de la plaza debe ser la que guíe a los que nos gobiernan.

P.D. Todos estamos con el Cuerno de África, y también contigo.

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Estampas costumbristas

El domingo pasado estuve, con un buen amigo, en El Rastro de la madrileña plaza de Cascorro. La mañana empezó con un desayuno en el pasadizo de san Ginés, posiblemente, el mejor chocolate que he probado nunca, para después, serpenteando por las calles de La Latina, llegar a la plaza de Tirso de Molina donde ya empezaban los primeros puestos y tenderetes de mis queridos amigos y su no pasarán. Entramos por la calle del Duque de Alba y a la entrada, donde ya empezaban a verse los puestos como un reguero de hormigas correr por las calles, vi la imagen de lo que quería hablar hoy: un hombre que para sacar un dinero hacía de estatua. Obviamente, este simple hecho no me llamó la atención. Lo que me llamó la atención y me hizo reflexionar fue qué estatua encarnaba este hombre: representaba a Jesucristo con una corona de espinas portando una cruz camino del monte Calvario. Esta imagen me hizo pensar en toda la polémica que surgió la semana pasada con la retirada de una fotografía de la exposición Camerinos que se enmarca dentro de los actos programados del Festival de Teatro Clásico de Mérida y ha supuesto, entre otros motivos, la no continuación de las directoras del festival. La fotografía de la discordia es un retrato del actor Asier Etxeandía representando a Jesucristo y con una estampa de El Cristo de Velázquez en el pubis. No era una fotografía ex profeso sino que era una instantánea previa a su actuación en la obra Infierno (versión de la Divina Comedia del autor Tomaz Pandur). Como he dicho, esta fotografía tuvo que retirarse porque, parece ser, ofende y atenta contra ciertas personas y sus creencias. Este hecho debería hacernos reflexionar sobre el tipo de sociedad que queremos. Creo que es un hecho, y que aquí nadie se mostrará en contra, que el derecho a la libertad de expresión es uno de los derechos fundamentales e inalienables del ser humano. Es verdad que este derecho tiene sus límites como muy bien aclara el artículo 20 de nuestra Constitución o el artículo 12 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Pero entonces nos encontramos en una encrucijada: ¿qué derechos prevalecen? ¿el de que las fotografías continúen o sean retiradas?. Vivimos en una época en que las personas enarbolamos las banderas de la democracia, de los derechos humanos, de la igualdad y de la libertad y que parecen que en verdad no nos representan. Buscamos chivos expiatorios, cabezas de turco donde no hay nada más que expresión artística que nos guste más o menos o nos parezca más arte o menos, de acuerdo, pero sin ninguna intención ulterior, sin ningún plan oculto. Muchas veces parece que la sombra del pasado nos envuelve de tal forma que nos no deja ver el futuro, cuando es todo lo contrario: proyección es retroferencia. Uno quisiera olvidar la letra de aquella canción de Def con dos: “España ya no es roja, España no es azul, España ahora y siempre es negra como el betún” y retomar las ideas ilustradas para los que la libertad de expresión es el mejor medio de difusión de ideas y el verdadero baluarte para el avance de las ciencias y del arte. Que cada uno coja de ello lo que tenga que coger, si es que tiene que coger algo, y mire únicamente en el avance del ser humano hacia lo mejor. Sí, soy un optimista antropológico irredento, tal vez heredado de Kant, que le vamos a hacer.

P.D. Todos estamos con el Cuerno de África, y también contigo.

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