Habitar en lo inhospito

Es época de monzones en la latitud donde se encuentra mi isla y he tenido que buscar un lugar más calido y seguro en el que asentarme y construir mi nueva casa. He buscado en varias zonas de la isla y he encontrado el sitio seguro y el remanso de paz que buscaba. Y allí he construido un castillo de arena en primera línea de playa, alejado de toda especulación inmobiliaria y contra la ley de protección de playas y regulación urbanística.

Siempre me ha fascinado, me ha atraído pensar sobre el concepto de casa, de hogar, de habitar. Siempre he concebido al hombre como un ser arrojado al mundo (Heidegger dixit), el cual tiene que mantener, edificar una barrera, una diferenciación, una separación, un límite con la naturaleza. Vivimos fuera de nuestra propia naturaleza, nos sentimos extraños, extranjeros en nuestra propia tierra y que, por tanto, vivimos a la contra de una naturaleza que precisamente se nos presenta como tal únicamente en el acto mismo que edificamos sobre ella, y que nos hace ser nosotros cuando utilizamos esos mismos materiales naturales de construcción creyendo que nos hurtamos de ella cuando en verdad lo que hacemos es vivir en y por ella.

Vivimos, habitamos ya dentro de la propia negrura, de la propia espesura, de la propia opacidad de la naturaleza, de la tierra. Aquello mismo que nos tiene que salvar, es lo mismo que nos mata. Eso mismo que nos mata es, precisamente, lo que nos hace hombres. Otra vez resuenan aquellas palabras de Heidegger: somos un estar-a-la-muerte (Sein zum Tode).

La propia finitud del hombre trasparece en los propios materiales de construcción. Y es en esa finitud donde nos encontramos, donde nos sentimos como en casa.

P.D. Todos estamos con el Cuerno de África, y también contigo.

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Acerca de sinislasdondenaufragar

Profesor de Filosofía
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Una respuesta a Habitar en lo inhospito

  1. juanalfonso dijo:

    Sin embargo, por lo que se ve, la idea de privacidad, de casa sólida y compartimentada, ha sido algo paulatino. La idea de escondernos para hacer nuestras necesidades más sucias (y placenteras), para hablar de nuestras cosas, para el sexo (también placentero) es un concepto no demasiado antiguo. Todavía, una vez al año, los judios construyen tiendas para alojarse como cuando estuvieron en el desierto e incluso su dios vivía en una tienda (colocada en un pedazo de templo que no te menees), la kaaba está en una tienda poco más o menos que de Decatlon y los peregrinos se hacinan en pabellones blancos. En el norte de Europa las primeras casas eran comunitarias, las casas de los poderosos eran casonas (los halls) donde vivían muchas familias, cama con cama, mesa corrida y poco espacio privado. Poco a poco fueron haciéndose apartados para dormir y defecar, pero eran lugares poco apreciados, lejos del fuego común. La privacidad puede florecer ligado a la idea de hombre como sagrado, obligado a llevar careta como en el teatro y por lo tanto quitársela por la noche. Antes, como simple depositario de la furia divina medieval, el hombre era uno más, nada nuevo, todos las mismas miserias. ¿Dónde residia lo privado? No sé, todavía para sentirme solo tengo que meterme en el monte, quizás es allí donde uno puede escucharse a sí mismo y no al vecino roncar (o chillarle a Mourinho). ¿Tiene monte tu isla? ¿Tiene laguna, arroyito, o playa? ¿Hay algún árbol dónde subirse?

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