Cuento a la noche estrellada (II)

“Allá donde estuviera ella

estaría el paraíso.”

Diario de Adán y Eva, M. Twain

Aquella tarde miraba al horizonte desde la orilla de la playa de mi isla. Sentado sobre la arena ensimismado en aquellas palabras del Diario de Adán y Eva y solo sacado de aquel estado cuando subía la marea y acariciaba mis pies esa agua cristalina que cuando volvía a bajar se llevaba todos mis recuerdos. Fue así como llegó a mí aquella botella que sería la primera de infinitas que vendrían después. Llegó como llegan los maderos a la playa después de la tempestad. Vino a posarse junto a mis pies, semihundida en el agua y cuando volvió a bajar la marea se clavó en la arena, con el corcho apuntando al cielo indicándome donde encontrar el paraíso. La agarré del cuello y la desclavé, miré al trasluz de aquel vidrio verde del que estaba hecha y vi que contenía un mensaje. Me levanté y me dirigí hacia mi cabaña para leer allí su mensaje, aceleraba el paso con impaciencia por llegar y conocer el mensaje de aquella botella lanzada al mar. Cuando llegué me senté sobre mi somier de madera de palmera y le quité el tapón que fuertemente se ajustaba a la boca de la botella y que impedía que el agua entrase en la misma. De aquella boca no podía salir nada más que un mensaje, un mensaje que cuando lo leí comprendí que era un grito. El papel estaba cuidadosamente enrollado y salió al poner bocabajo la botella como esperando que lo leyera, el mensaje decía:

“Porque te tengo y no

porque te pienso

porque la noche está de ojos abiertos

porque la noche pasa y digo amor

porque has venido a recoger tu imagen

y eres mejor que todas tus imágenes

porque eres lindo desde el pie hasta el alma

porque eres bueno desde el alma a mí

porque te escondes dulce en el orgullo

pequeño y dulce

corazón coraza

 

porque eres mío

porque no eres mío

porque te miro y muero

y peor que muero

si no te miro amor

si no te miro

 

porque tú siempre existes dondequiera

pero existes mejor donde te quiero

porque tu boca es sangre

y tienes frío

tengo que amarte amor

tengo que amarte

aunque esta herida duela como dos

aunque te busque y no te encuentre

y aunque

la noche pase y yo te tenga

y no.

M.”

Aquella M que ponía punto final al mensaje me hizo recordar quien era el autor de aquellos versos, Mario Benedetti, pero no quien era el dueño de aquellas palabras.

Entonces me apresuré a contestar a aquel mensaje, yo también quería ser el dueño de unos versos que no había escrito:

“Una carta de amor no es el amor

sino un informe de la ausencia

J.”

A partir de aquel momento nos vimos presos de una correspondencia que necesitábamos cada día, nos vimos adictos de unas palabras que eran alimento para el alma. Cada día necesito subir por aquel cuello, llegar a aquella boca y besar su mensaje. Cada día mis dedos acarician aquel cuerpo de botella mirando aquel verde oliva de su cristal que simulan sus ojos y que me dicen: “léeme”. Aquella botella recorre cada día el mar, ese mar que es el mismo que nos separa y el mismo que nos une, aquella botella conoce ya las tormentas, las marejadas y los vientos que separan nuestras islas pero que a pesar de ellas es capaz de llegar a la orilla de la playa donde nosotros la recibimos con un abrazo. Quiero ser tu Mar, óleo, nave, isla, capitán, amor.

No somos nada más que botellas lanzadas al mar esperando que el otro nos recoja.

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Mis palabras tiritan de tu frío

“La carne no tirita, sin más, de soledad: es de ausencia.”

  Ángel Gabilondo

Mortal de necesidad. La filosofía, la salud y la muerte”. Pág. 151

No hay mejor manera de entender lo que significa la alteridad que experimentándola, que viviéndola, que padeciéndola. La alteridad se asume como una forma de vida, un modo de vivir, un arte de vivir, es una apropiación en el darse, es, en definitiva, un cuidado de sí en lo otro. Eso otro que soy yo. Esa relación con lo otro de ti se realiza a través de las palabras. Las palabras no son nada más que esos puentes que tendemos a los demás, puentes que son caminos de ida y vuelta, en ellas, en las palabras, nos damos a los demás y nosotros somos en los demás. No podemos dejar de ser nada más que en y con las palabras de los otros que no son más que nuestras propias palabras. Palabras con entidad ontológica: “son las palabras las que toman una actitud, no los cuerpos; las que se tejen, no los vestidos; las que brillan, no las armaduras; las que retumban, no las tormentas. Son las palabras las que sangran, no las heridas”. (P. Klossowski dixit).

Palabras que son heridas, palabras que sangran, pero palabras que también son consejos adecuados, palabras que son llamadas, palabras que son silencios, silencios que son palabras, palabras que callan lo que dicen, palabras que dicen lo que no dicen. Palabras, por tanto, que son generadoras de efectos, productoras, mano de obra del alma, plusvalía del corazón. Palabras, sin más, que curan, palabras que son abrazos y, por tanto, palabras que son medicamentos, cura del alma, palabras que son tratamientos, palabras que son fármacos. Recétame tus palabras.

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Mi isla ya tiene nombre: Pangea

Mientras escribo estas líneas, un terrible suceso nos vuelve a sacudir: un tsunami, un terremoto y una más que probable catástrofe nuclear asolan Japón. La espesa y negra nube radioactiva sobrevuela Japón. Su sombra, como un sudario, cubre este país y lo tiñe de un color que todos, desgraciadamente, volvemos a reconocer. Nuestra memoria evoca tragedias pasadas, y no tan pasadas, de las que parece que no hemos aprendido.

No, no voy a ser oportunista, y no voy a ponerme a hablar de la pertinencia o no del uso de la energía nuclear (no me gusta usar la palabra “atómica”, pues simplemente nombrarla me estremece), esto lo dejo para otra entrada en la que el recuerdo esté anestesiado por el tiempo y pueda hablar de ello más fríamente, aunque creo que hacerlo en caliente sería mejor, aunque fuera por la memoria de “la mayoría”.

Hoy quiero hablar de un tema que, aunque sea de una manera tangencial, está íntimamente ligado a la catástrofe de Japón y a otros hechos de los que hablaré en otro momento. Este tema es: ¿qué papel debe asumir Europa frente a esto? ¿qué posición ocupa Europa en la toma de decisiones mundiales para evitar situaciones de este tipo? No quiero hablar, ni más ni menos, que de la falta de identidad que estamos sufriendo en Europa. Nosotros, los europeos, nos representamos a nosotros mismos como la encarnación de una serie de valores, como maestros de unos principios morales que deberíamos enseñar al resto de la humanidad. Estos principios serían: la democracia, las libertades y los derechos humanos. Estos principios parecen haberse quedado en meros ideales, parecen haberse convertido en un simple ideario, parecen haberse trasformado en un mero lema que repetimos una y otra vez y que desgastamos su sentido.

No, por favor, no me tilden, improbables lectores, de antieuropeo, nada más alejado de mi sentir. Hoy puedo decir, y más que nunca, que Europa y sus ciudadanos debemos dar un paso al frente y mostrar que somos capaces de dar soluciones reales a los problemas que asolan el mundo. No me gustaría que esto que aquí escribo se tomase como un mero lavado de conciencia, sino como un asumir las responsabilidades que nos tocan. Hoy Europa debe ser la voz de los que no tienen voz, hoy Europa debe ser la comunidad de los que no tienen comunidad.

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El rumor del océano trae tus palabras

Hace ya bastante tiempo alguien me inicio en la lectura de David Hume (gracias, Félix), y desde entonces su lectura es habitual en mi vida. Siempre vuelvo a sus textos como una guía de vida. Entre todos sus textos hay uno en particular que me obsesiona, y me obsesiona por el mero hecho de que he intentado que ese pequeño párrafo sea el faro que oriente me vida. Este párrafo en cuestión dice lo siguiente: “Que se satisfaga tu pasión por la ciencia, pero que tu conciencia sea humana y tal que tenga inmediata referencia a la acción y a la sociedad […] Sé filósofo; pero, en medio de toda tu filosofía, sé hombre”. Como seguro que es bien sabido por mis improbables lectores, la corriente de pensamiento desde el ámbito de la moral que vertebra el pensamiento de Hume es el denominado emotivismo. Grosso modo, podemos caracterizarlo de la siguiente manera: para Hume el sujeto ético, no es un sujeto racional, sino emocional, sentimental y que se caracteriza por tener un concepto clave: la simpatía. Dice el propio Hume: “Experimento las pasiones del odio, resentimiento, aprecio, amor, valor, júbilo y melancolía más por la comunicación con los demás que por mi propio carácter y temperamento”. Así, se puede decir,  que las pasiones de un sujeto son recibidas por otro sujeto distinto, los sentimientos de otro sujeto se me hacen presentes, hasta convertirse en mis propios sentimientos. Por tanto, podemos decir con Hume, que existe un nexo de unión que une a todos los sujetos sensibles, haciéndonos copartícipes de una experiencia común. Los sujetos formamos una red en la que los sentimientos son los nudos, no somos nada más que espejos que reflejan los sentimientos de los demás. Pero esos sentimientos, esos reflejos son cortaduras en nosotros que nos hacen ser lo que somos.

Así, puedo decir, sin ningún tipo de rubor, que yo siento porque tu me haces sentir, que río cuando tu ríes, que me encuentro en tus ojos cuando me miras, que puedo comenzar a andar cuando me das la mano, que me encuentro en tus palabras, que no soy nada más que tus palabras y que sólo soy en tus lecturas. Pero que también esto trae aparejado no sólo estas cosas tan bonitas sino que: hoy también sufra porque sufres, que hoy yo, también, padezca tu dolor, pues tu dolor es mi dolor, tus desvelos son los míos, que tus inquietudes me inquieten, que tu congoja me sobresalte, que tu angustia me aflija. Hoy puedo decir, que no soy nada más que tu sentir.

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Somier de láminas de madera…de palmera

No quisiera ser pretencioso, nunca lo he sido, ni tampoco caer en tópicos universalistas, pero, creo que no me equivoco al decir que todos hemos experimentado la sensación de dormir mal, de no conciliar el sueño bien en aquella cama que no es la nuestra.

Por suerte o por desgracia debemos dormir en otras camas que no son la nuestra: camas de hotel, camas de familiares, camas de amigos, camas de amantes, pero esas camas no las sentimos como propias, nos sentimos incómodos, damos vueltas y más vueltas en ella para intentar dormir, pero todo en balde. Ya puede ser la cama más cómoda del mundo: que si colchón de lana, colchón de muelles, colchón de agua o, estos otros que ahora están de moda, colchón de viscoelástica, pero nada, imposible.

No, improbables lectores, como en nuestro colchón no se duerme en ningún lado. Es más, mi propia experiencia me dice lo siguiente: vivo fuera de casa de mis padres desde hace ya algún tiempo, pues bien, la cama en la que actualmente duermo todavía no la siento como la mía propia, es más, cuando por alguna circunstancia tengo que ir a dormir a casa de mis padres, es cuando noto que realmente duermo en mi cama.

Esa cama ya tiene la forma de mi cuerpo, esa cama me abraza por las noches, esa cama y mi cuerpo son una y la misma cosa, esa cama me arrulla por la noche, esa cama guarda mis secretos, esa cama me cuenta cuentos para dormir, esa cama mira conmigo las estrellas, esa cama me da consejos, esa cama me canta nanas para que me duerma, esa cama me arropa cuando ya me he dormido y con un beso me da las buenas noches.

Sólo quiero que esa cama sea tu cama, o más bien, aprender a dormir en el lado de tu cama, que sea el lado de tu cama el que esta noche me abrace.

 

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Con “M” de “menú” y “monzón”

Esta entrada que ahora mismo estoy escribiendo, en un principio, va a dar la sensación de un pequeño cajón de sastre, pero me gustaría que se fuese más allá de esta primera impresión y se entrara al fondo de la cuestión, eso que antiguamente se llamaba in medias res.

Para poder entenderlo, incluso yo mismo, mejor empezar por el principio: todo empezó para mí un 24 de enero de 1996, aquel frío día nació mi primer sobrino, del cual soy orgulloso padrino (sí, ya lo sé, para aquellos tan puristas, yo tan talibán de sacristía), este niño del que solo diré sus iniciales del nombre MM (¡ojo! Doble M), inoculó en mí el veneno del significado que tenía para las personas el nacimiento de un nuevo ser. Y lo primero que se me venía a la mente eran dos textos ya clásicos en la historia de la filosofía: el primero un conocido fragmento de Heráclito que dice: “el tiempo de vida es un niño que juega a las damas, que mueve sus peones; de un niño es el reino-el mando” y el otro texto es el de F. Nietzsche: “Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí”. Estos dos pensadores tan alejados en el tiempo pero tan cercanos en lo que quieren decir: se puede considerar que estos dos filósofos consideran al niño como los más primario, ese fundamento que fundamenta, ese Urgrund del que nos habló Schelling, que es el que da fundamento a las cosas sin ser fundamentado él por nada y que no tiene más ley que su propia inocencia. La palabra común que enlaza los dos pensamientos es “juego”, sin más reglas que el no tener reglas (la comunidad de los que no tienen comunidad, ¡Ay! Blanchot), o que se empieza a jugar sin reglas y que se van creando según se va jugando, por eso, con cada inicio del juego también se inicia un nuevo inicio de reglas, pero eso sí, y esa es otra de las palabras clave, es desde la inocencia. Nos dice la RAE que inocencia es: estado del alma limpia de culpa; candor y sencillez. Pues bien de este alma limpia, cándida y sencilla nos dice Heráclito que es el mando o el reino. Si de esto tomarán nota ciertos mandatarios, primeros ministros, obispos y demás ralea creo que las cosas sería diferentes, a mejor, por supuesto.

Esta pequeña reflexión que he dejado, y no me olvido del principio, me gustaría que sirviera para dar la bienvenida a dos niños recién nacidos y que para mí son muy especiales, por lo que representan sus padres para mí y lo que van a representar ellos en el futuro: tampoco diré sus nombres, únicamente diré que uno, desde la atalaya de Chaorna divisa un horizonte de inocencia que será tamizada por la kehre heideggeriana y por un neolamarckismo antidogmático, bienvenido M. Y por el otro lado, un pequeño de pelo negro como el abismo de Schelling, con manos de artista como la madre y un corazón tan grande como el del padre, bienvenido también M.

Bien, como veis, esas son las casualidades de las que hablaba al principio de esta ya tan larga entrada, la irrupción de una letra común la M, pero que no termina aquí, sino que empieza ahora: bienvenida también a mi vida M.

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Llega el monzón

Hay días que te levantas como el propio tiempo: gris plomizo. Y tienes la sensación de que nada productivo vas a hacer, que será un día nada provechoso, que no tienes nada que dar y nada que aportar.

Un día de esos en que sientes que tienes el alma con más costuras que José Tomás, que te miras al espejo y no te reconoces, que te tumbas en el sofá y lo que quieres es estar de pie.

 Un día de esos, digo, en que bajas a comprar el pan y subes con una botella de Johnnie Walker, y encima, lo mezclas con coca-cola, un día de esos en que cada inspiración es un suspiro y cada suspiro eres tú.

Un día de esos, que te preparas un buen bocadillo de embutido y le quitas la miga porque dices que engorda, que me miro en tus ojos que no están y entonces me reflejo y me digo “me veo y no soy yo”, un día de esos que sales a pasear y llueve y cada gota me recuerda a ti, y entonces me empapo de ti. Subo a casa, abro la puerta, y el pasillo eres tú, el vacío eres tú, el silencio eres tú. Me pongo a leer y todas las letras del libro escriben tu nombre. Pongo la tele, y lo que quiero es escuchar música, pongo música y lo que quiero es escucharte.

Creo, que hoy es un día de esos. En fin, me voy a la cama que mañana será otro día.

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